Mensaje del Cardenal Brenes en la Peregrinación por La Paz

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Al evento asistieron miles de Fieles Católicos que juntos pedían por la paz de Nicaragua  

Este es el mensaje que SER. Cardenal Leopoldo José Brenes, Arzobispo de Managua, dio al pueblo de Dios que este sábado asistió  a la Peregrinación por la paz para consagrar Nicaragua al Inmaculado Corazón de María:  

Mis buenos hijos: Hemos peregrinado en este singular momento de nuestra historia patria como un solo pueblo, hermanados en la fe en el Señor Jesús; en el dolor por tantas vidas perdidas en estos días; hermanados en el amor a este suelo y cielo patrios que nos cobijan a todos; un solo pueblo peregrino, hermanado en el anhelo de justicia, paz, libertad y reconciliación, hasta este templo madre de la Catedral de Managua, para consagrar nuestras vidas y patria al inmaculado corazón de la santísima Virgen María, madre de Dios y madre de la Iglesia; madre como las que han perdido a sus hijos, esposos y diversos miembros de su familia; madre como este suelo en el que hemos peregrinado sin distinción de credo político o religioso; donde no hay ricos ni pobres, vencedores ni vencidos; ni extranjeros y nacionales, ya que todos somos un pueblo peregrino cuya única patria definitiva es el Cielo, que Jesús ha abierto para todos, derramando su sangre en la cruz, con los brazos abiertos, para abrazar a todos los hombres y los hombres aprendamos a abrazarnos sin derramar la sangre de ningún ser humano.

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“El Salmo 120 que hemos escuchado en la liturgia, lo entonaba el pueblo de Israel cuando peregrinaba a su templo; se alegraban y cantaban con alegría, aunque muchas veces hicieron ese camino con tensiones, pobrezas, angustias y lágrimas. Su alegría nacía de la certeza de que en ese templo Dios moraba y le había dicho a Salomón: “Consagro este templo para poner en él mi nombre para siempre; mis ojos y mi corazón estarán en él por siempre”. (I Rey 9,3). Hoy rendiremos ante el Señor y el inmaculado corazón de la Reina de la Paz, nuestros corazones y nuestro suelo, para que nunca olvidemos que el templo santo en el que Dios habita y tiene sus ojos y su corazón día y noche es cada vida y ser humano: templos vivientes que son sagrados, inviolables y que siempre han de ser respetados y amados sin violencia, injusticia, crueldad y ninguna forma de opresión. Recordemos que somos templos y sagrarios del Espíritu Santo.

La carta del apóstol Santiago que hemos escuchado afirmó: “La sabiduría que proviene del cielo es, ante todo, pura y también ama la paz; siempre es amable y dispuesta a ceder ante los demás. Está llena de compasión y del fruto de buenas acciones. No muestra favoritismo y siempre es sincera. Y los que procuran la paz sembrarán semillas de paz y recogerán una cosecha de justicia.” (Santiago 3, 17-18)

Hoy, con corazón de padre, pastor, amigo y hermano mayor en la fe, unidos a mis hermanos obispos de la Conferencia Episcopal de Nicaragua, que están en sus diócesis haciendo lo mismo que nosotros, unidos al sucesor de Pedro, el papa Francisco, quien ha expresado su preocupación por lo que estamos viviendo, pero que también está unido a cada uno y nosotros los obispos de Nicaragua en oración. Les pido que seamos constructores de la paz, que cada uno aporte su grano de trigo a este camino de diálogo que pasa por el respeto a la justicia, la verdad, la libertad y el perdón. En una sociedad dividida, nunca hay progreso y solo hay vencidos y perdedores: los que han perdido la capacidad de soñar, amar, perdonar y avanzar; los que han perdido la humanidad y han sucumbido a la venganza, la violencia, la confrontación y la lógica del mal.

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En este ambiente de oración y serenidad, quiero anunciarles, que los obispos de la Conferencia Episcopal el martes pasado, al decir que sí acompañaríamos el diálogo como mediadores y testigos, expresaron que al mes de instaurado este haríamos un alto para valorar la voluntad, la implementación y cumplimiento serio y real de los acuerdos a los que hayan llegado las partes. Si los obispos de la Conferencia Episcopal evaluamos que no se están dando estos pasos, informaríamos al pueblo de Dios, a quienes acompañamos, y les diríamos, que así no podemos seguir y que no se pudo.

María, Reina de la Paz, reina en nuestro suelo, reina en nuestras familias, reina en nuestros corazones, hoy consagramos a tu inmaculado corazón la nación entera y te suplicamos, oh virgen gloriosa y bendita: Vuelve hacia nosotros tus ojos misericordiosos, consuela el llanto de los desgarrados y desterrados hijos de Eva; oh piadosa, oh dulce Virgen María, cúbrenos con tu manto y ruega ante el trono soberano de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén

 

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